domingo, 2 de julio de 2017

PORTADA

 Queridos lectores: Acaba de salir el número 52 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.

    Te recuerdo que puedes ser uno de mis corresponsales. Para esto basta con que envíes tus crónicas a: mjsanchezoliva@gmail.com, poniendo en el asunto “30 días” y en el mensaje el lugar de procedencia.

    NOTA IMPORTANTE

    Algunos lectores de este periódico, sobre todo los que trabajan con revisores de pantalla, se quejan de que no pueden poner comentarios. Esto puede deberse a varias cosas: problemas con Internet, cambios en la página de Blonger, falta de accesibilidad en algunas opciones… De todos modos, si quieres que tus comentarios aparezcan en cualquiera de las secciones, puedes enviarlos al correo electrónico del blog y aparecerán. Es el siguiente:

    mjsanchezoliva@gmail.com

    También la puedes localizar visitando el enlace Página de Perfil.  

    CONTENIDO

    LA VITRINA: Además de dos libros que me han encantado, encontrarás uno de los mejores poemas de Gabriel y Galán, el poeta tan salmantino como extremeño.  
    MESA CAMILLA: Parece que la D G T (Dirección General de Tráfico) quiere dividir a los conductores en culpables e inocentes.
    CAJÓN DE SASTRE: Hoy recordamos a una gran mujer española, Isabel Cendal, protagonista de la misión que el autor nos narra en el libro “A flor de piel”.
    EL ÁLBUM DE LA Lengua: Origen de una expresión que sigue siendo muy usada: dar una de cal y otra de arena.
    LA BUTACA: La importante experiencia de Charif, más que de ejemplo, debería servir de lección.
    CARTA a…  La alcaldesa de Madrid.
    COSAS DE GARIPIL: “La piedra de la media vuelta” (cuento).

    Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.

    Volveremos a encontrarnos en el próximo número.

    María Jesús. 

    Seguidores de Honor:
    Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
    Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
    María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
    Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.

LA VITRINA

POESÍA

    José María Gabriel y Galán. Poeta español. Nació en Frades de la Sierra (Salamanca) el 28 de junio de 1870, y murió en Guijo de Granadilla (Cáceres) el 6 de enero de 1905. Su consagración como poeta le llegó en 1901 cuando en los Juegos Florales celebrados en el Teatro Bretón de Salamanca fue galardonado con la flor natural por la composición que recordamos hoy, inspirada por la reciente muerte de su madre. Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca desde el año anterior, presidió el jurado. Solo vivió 34 años, pero nos dejó una importante obra.

 El ama

 Yo aprendí en el hogar en que se funda
 la dicha más perfecta,
 y para hacerla mía
 quise yo ser como mi padre era
 y busqué una mujer como mi madre
 entre las hijas de mi hidalga tierra.
 Y fui como mi padre, y fue mi esposa
 viviente imagen de la madre muerta.
 ¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
 otra mujer como la santa aquella!

 Compartían mis únicos amores
 la amante compañera,
 la patria idolatrada,
 la casa solariega,
 con la heredada historia,
 con la heredada hacienda.
 ¡Qué buena era la esposa
 y qué feraz la tierra!

 ¡Qué alegre era mi casa
 y qué sana mi hacienda,
 y con qué solidez estaba unida
 la tradición de la honradez a ellas!

 Una sencilla labradora, humilde,
 hija de oscura castellana aldea;
 una mujer trabajadora, honrada,
 cristiana, amable, cariñosa y seria,
 trocó mi casa en adorable idilio
 que no pudo soñar ningún poeta.

 ¡Oh, cómo se suaviza
 el penoso trajín de las faenas
 cuando hay amor en casa
 y con él mucho pan se amasa en ella
 para los pobres que a su sombra viven,
 para los pobres que por ella bregan!
 ¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
 y cuánto por la casa se interesan,
 y cómo ellos la cuidan,
 y cómo Dios la aumenta!
 Todo lo pudo la mujer cristiana,
 logrólo todo la mujer discreta.

 La vida en la alquería
 giraba en torno a ella
 pacífica y amable,
 monótona y serena...

 ¡Y cómo la alegría y el trabajo
 donde está la virtud se compenetran!

 Lavando en el regato cristalino
 cantaban las mozuelas,
 y cantaba en los valles el vaquero,
 y cantaban los mozos en las tierras,
 y el aguador camino de la fuente,
 y el cabrerillo en la pelada cuesta...
 ¡Y yo también cantaba,
 que ella y el campo hiciéronme poeta!

 Cantaba el equilibrio
 de aquel alma serena
 como los anchos cielos,
 como los campos de mi amada tierra;
 y cantaba también aquellos campos,
 los de las pardas, onduladas cuestas,
 los de los mares de enceradas mieses,
 los de las mudas perspectivas serias,
 los de las castas soledades hondas,
 los de las grises lontananzas muertas...

 El alma se empapaba
 en la solemne clásica grandeza
 que llenaba los ámbitos abiertos
 del cielo y de la tierra.

 ¡Qué plácido el ambiente,
 qué tranquilo el paisaje, qué serena
 la atmósfera azulada se extendía
 por sobre el haz de la llanura inmensa!

 La brisa de la tarde
 meneaba, amorosa, la alameda,
 los zarzales floridos del cercado,
 los guindos de la vega,
 las mieses de la hoja,
 la copa verde de la encina vieja...
 ¡Monorrítmica música del llano,
 qué grato tu sonar, qué dulce era!

 La gaita del pastor en la colina
 lloraba las tonadas de la tierra,
 cargadas de dulzuras,
 cargadas de monótonas tristezas,
 y dentro del sentido
 caían las cadencias
 como doradas gotas
 de dulce miel que del panal fluyeran.

 La vida era solemne;
 puro y sereno el pensamiento era;
 sosegado el sentir, como las brisas;
 mudo y fuerte el amor, mansas las penas
 austeros los placeres,
 raigadas las creencias,
 sabroso el pan, reparador el sueño,
 fácil el bien y pura la conciencia.

 ¡Qué deseos el alma
 tenía de ser buena,
 y cómo se llenaba de ternura
 cuando Dios le decía que lo era!

 Pero bien se conoce
 que ya no vive ella;
 el corazón, la vida de la casa
 que alegraba el trajín de las tareas,
 la mano bienhechora
 que con las sales de enseñanzas buenas
 amasó tanto pan para los pobres
 que regaban, sudando, nuestra hacienda.

 ¡La vida en la alquería
 se tiñó para siempre de tristeza!

 Ya no alegran los mozos la besana
 con las dulces tonadas de la tierra,
 que al paso perezoso de las yuntas
 ajustaban sus lánguidas cadencias.

 Mudos de casa salen,
 mudos pasan el día en sus faenas,
 tristes y mudos vuelven;
 y sin decirse una palabra cenan;
 que está el aire de casa
 cargado de tristeza
 y palabras y ruidos importunan
 la rumia sosegada de las penas.

 Y rezamos, reunidos, el Rosario,
 sin decirnos por quién..., pero es por ella.
 Que aunque ya no su voz a orar nos llama,
 su recuerdo querido nos congrega,
 y nos pone el Rosario entre los dedos
 y las santas plegarias en la lengua.

 ¡Qué días y qué noches!
 ¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
 por encima del alma que está sola
 llorando en las tinieblas!

 Las sales de mis lágrimas amargan
 el pan que me alimenta;
 me cansa el movimiento,
 me pesan las faenas,
 la casa me entristece
 y he perdido el cariño de la hacienda.

 ¡Qué me importan los bienes
 si he perdido mi dulce compañera!

 ¡Qué compasión me tienen mis criados
 que ayer me vieron con el alma llena
 de alegrías sin fin que rebosaban
 y suyas también eran!

 Hasta el hosco pastor de mis ganados,
 que ha medido la hondura de mi pena,
 si llego a su majada
 baja los ojos y ni hablar quisiera;
 y dice al despedirme: «Ánimo, amo;
 haiga mucho valor y haiga pacencia...»

Y le tiembla la voz cuando lo dice,
 y se enjuga una lágrima sincera,
 que en la manga de la áspera zamarra
 temblando se le queda...

 ¡Me ahogan estas cosas,
 me matan de dolor estas escenas!

 ¡Que me anime, pretende, y él no sabe
 que de su choza en la techumbre negra
 le he visto yo escondida
 la dulce gaita aquella
 que cargaba el sentido de dulzuras
 y llenaba los aires de cadencias!...
 ¿Por qué ya no la toca?
 ¿Por qué los campos su tañer no alegra?

 Y el atrevido vaquerillo sano
 que amaba a una mozuela
 de aquellas que trajinan en la casa,
 ¿por qué no ha vuelto a verla?
 ¿Por qué no canta en los tranquilos valles?
 ¿Por qué no silba con la misma fuerza?
 ¿Por qué no quiere restallar la honda?
 ¿Por qué esta muda la habladora lengua,
 que al amo le contaba sus sentires
 cuando el amo le daba su licencia?

«¡El ama era una santa!...»,
me dicen todos, cuando me hablan de ella.

«¡Santa, santa!», me ha dicho
 el viejo señor cura de la aldea,
 aquel que le pedía
 las limosnas secretas
 que de tantos hogares ahuyentaban
 las hambres, y los fríos, y las penas.

 ¡Por eso los mendigos
 que llegan a mi puerta
 llorando se descubren
 y un padrenuestro por el ama rezan!

 El velo del dolor me ha oscurecido
 la luz de la belleza.
 Ya no saben hundirse mis pupilas
 en la visión serena
 de los espacios hondos,
 puros y azules, de extensión inmensa.

 Ya no sé traducir la poesía,
 ni del alma en la médula me entra
 la intensa melodía del silencio
 que en la llanura quieta
 parece que descansa,
 parece que se acuesta.

 Será puro el ambiente, como antes,
 y la atmósfera azul será serena,
 y la brisa amorosa
 moverá con sus alas la alameda,
 los zarzales floridos,
 los guindos de la vega,
 las mieses de la hoja,
 la copa verde de la encina vieja...

 Y mugirán los tristes becerrillos,
 lamentando el destete, en la pradera,
 y la de alegres recentales dulces,
 tropa gentil, escalará la cuesta
 balando plañideros
 al pie de las dulcísimas ovejas;
 y cantará en el monte la abubilla
 y en los aires la alondra mañanera
 seguirá derritiéndose en gorjeos,
 musical filigrana de su lengua...

 Y la vida solemne de los mundos
 seguirá su carrera
 monótona, inmutable,
 magnífica, serena...

 Mas ¿qué me importa todo,
 si el vivir de los mundos no me alegra,
 ni el ambiente me baña en bienestares,
 ni las brisas a música me suenan,
 ni el cantar de los pájaros del monte
 estimulan mi lengua,
 ni me mueve a ambición la perspectiva
 de la abundante próxima cosecha,
 ni el vigor de mis bueyes me envanece,
 ni el paso del caballo me recrea,
 ni me embriaga el olor de las majadas,
 ni con vértigos dulces me deleitan
 el perfume del heno que madura
 y el perfume del trigo que se encera?

 Resbala sobre mí sin agitarme
 la dulce poesía en que se impregnan
 la llanura sin fin, toda quietudes,
 y el magnífico cielo, todo estrellas.

 Y ya mover no pueden
 mi alma de poeta,
 ni las de mayo auroras nacarinas
 con húmedos vapores en las vegas,
 con cánticos de alondra y con efluvios
 de rocïadas frescas,
 ni éstos de otoño atardeceres dulces
 de manso resbalar, pura tristeza
 de la luz que se muere
 y el paisaje borroso que se queja...,
 ni las noches románticas de julio,
 magníficas, espléndidas,
 cargadas de silencios rumorosos
 y de sanos perfumes de las eras;
 noches para el amor, para la rumia
 de las grandes ideas,
 que a la cumbre al llegar de las alturas
 se hermanan y se besan...

 ¡Cómo tendré yo el alma,
 que resbala sobre ella
 la dulce poesía de mis campos
 como el agua resbala por la piedra!

 Vuestra paz era imagen de mi vida,
 ¡oh, campos de mi tierra!
 Pero la vida se me puso triste
 y su imagen de ahora ya no es ésa:
 en mi casa, es el frío de mi alcoba,
 es el llanto vertido en sus tinieblas;
 en el campo, es el árido camino
 del barbecho sin fin que amarillea.

 Pero yo ya sé hablar como mi madre,
 y digo como ella
 cuando la vida se le puso triste:
«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!»

        LIBROS

    Título: “A flor de piel”.
    Autor: Moro, Javier.
    Reseña: En una época de superstición y de inestabilidad política, un hombre persigue una obsesión: erradicar una terrible enfermedad que amenaza a la población mundial. Enfrentándose al poder religioso, que no ve con buenos ojos el avance de la nueva ciencia, el 30 de noviembre de 1803 Francisco Xavier Balmis emprende una campaña sanitaria sin precedentes que lo llevará hasta el Nuevo Mundo y el Lejano Oriente. Con él viajan su ayudante, el joven Salvany, con quien comparte una intensa vocación por la medicina, e Isabel Zendal, hija de una familia humilde de campesinos gallegos encargada del cuidado de los veintidós huérfanos que deberán mantener la vacuna activa durante la travesía. A flor de piel cuenta la mayor proeza humanitaria de la Historia, una ambiciosa expedición que fue posible gracias al valor de los más frágiles, a la fortaleza de una mujer apasionante, y a dos hombres que disputaron su amor en una aventura que cambió el rumbo de la Historia.
    Título: El catavenenos.
    Autor: Elbling, Peter.
    Reseña: Ugo di Fonte, un pobre campesino viudo y con una hija adolescente, se ve convertido por azares del destino en el   catavenenos de un duque cruel y caprichoso, Federico Basillinno di Vincelli. Gracias a su ingenio y buena suerte, el   protagonista consigue sobrevivir en el corrupto ambiente palaciego, rodeado de intrigas y traidores hasta que su hermosa hija   atraiga la atención del duque. En sus ratos libres redacta sus memorias, un divertido testimonio de la difícil vida cotidiana   de un hombre con el oficio más peligroso de su época.

MESA CAMILLA

Culpables e inocentes

    El último accidente con fatales consecuencias para unos ciclistas ha hecho que la Dirección General de Tráfico tome medidas legales para que los automovilistas que los provoquen en adelante sean penalizados con la retirada del permiso de conducir y para recuperarlo sea imprescindible un informe médico que los declare capacitados. No está mal. Conducir bajo los efectos del alcohol y de las drogas, es un peligro público, y en los casos de reincidentes yo diría que ni siquiera deberían tener la opción de recuperarlo. Nunca he entendido que para conducir valga todo el mundo, porque es sabido que no todos servimos para todo, y no estoy confundiendo los errores humanos con la demostrada incompetencia. Pero tengo la impresión de que estas leyes que se firman de prisa y corriendo, a impulsos de la alarma social que se extingue en cuanto la noticia deja de ser portada de todos los medios de comunicación, como respuesta a un colectivo que azotado por la desgracia se olvida de que no es el único y, sobre todo, de que los derechos conllevan siempre obligaciones, no pretenden otra cosa que convertir a unos en culpables y a otros en inocentes, porque ¿se ha pensado antes de firmar la “milagrosa” ley en el peligro que también suponen los ciclistas para los conductores?, porque son un auténtico peligro, y para los peatones, no digamos. El carril-bici no siempre lo respetan, con demasiada frecuencia se cuelan entre los coches para adelantarlos, los pasos habilitados para los peatones y los semáforos, se los pasan sin tomarse la molestia de cumplir la única obligación que tienen por ley: tocar un timbre, porque ni necesitan permiso de conducir, están exentos de todo tipo de seguros, no pagan impuestos de circulación, tampoco por aparcar, nadie los multa por ir sin casco, aparquen en medio de las aceras o circulen por las calles peatonales como Pedro por su casa. Y eso que la mayoría de ciclistas utilizan la bici por placer, para exhibirse o por seguir la moda que alguien quiere imponer sin tomar medidas previamente para evitar problemas. De hecho, el disponer de bicicleta, no impide que dispongan de coche y lo utilicen para ir al trabajo, de viaje, de compras o para trasladarlas los fines de semana de una ciudad a otra para participar en cualquier carrera. Ni siquiera la utilizan para ir de discoteca y eso que podrían copear sin temor a tener que someterse a las pruebas de alcoholemia… 
    Está claro pues que la medida solo pretende dividir a los conductores en culpables e inocentes y todos sabemos con qué finalidad.

CAJÓN DE SASTRE

Isabel Cendal Gómez nacida en Agrela (Santa Mariña de Parada, Órdenes) el 26 de febrero de 1773 y fallecida en México, fue una enfermera y rectora del Hospital de la Caridad de La Coruña. Participó en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de Francisco Xavier Balmis cuidando de los 22 niños de la Casa de Expósitos de La Coruña que viajaron a América, con edades de entre 3 y 9 años, y de los 26 que fueron a Filipinas, durante los 10 años que duró la expedición para llevar la vacuna de la viruela a los territorios españoles de ultramar. Considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la primera enfermera de la historia en misión internacional.

     Biografía
 
     Existen 30 versiones de su nombre y se ha dicho que nació en Euskadi y en Irlanda. La realidad es que era gallega, de Ordes (La Coruña) y la mayor de tres hermanos: Juan y Francisca Antonia. Su padre, Jacobo Cendal, procedía de la parroquia de Santa Cruz de Montaos, y su madre, María Gómez, de la parroquia de Parada; ambos eran agricultores pobres. Isabel aprendió a leer y a escribir en la escuela de la parroquia, y era la única chica que asistía a las clases. Tenía 13 años cuando su madre falleció a causa de la viruela y tuvo que marcharse a La Coruña a servir. El 31 de julio de 1793 nació su hijo Benito. A la desgracia de ser pobre se le sumó la de ser madre soltera. Isabel, con 20 años, gracias al señor de la casa donde servía, comenzó a trabajar en el Hospital de la Caridad de La Coruña que fuera fundado por Teresa Herrera, primero como ayudante y después como rectora. El 24 de marzo de 1800 percibía un salario mensual de 50 reales y el pago en especie de una libra diaria de pan elaborado con harina fina, de primera criba. A partir de mayo de 1801 recibe media libra diaria de pan para su hijo y, desde agosto, media libra de carne al día.

     La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

     El 30 de noviembre de 1803 zarpa con 37 personas desde el puerto de La Coruña la expedición que llevaría la vacuna de la viruela a América en la corbeta María Pita, dirigida por Francisco Javier Balmis y financiada por el rey Carlos IV. Isabel Cendal Gómez deja su puesto en el hospicio para hacerse cargo de los 22 niños que llevarán la vacuna. Son 6 niños venidos de la Casa de Desamparados de Madrid, otros 11 del Hospital de la Caridad de La Coruña y 5 de Santiago. La vacuna debía ser llevada por niños que no hubieran pasado la viruela y se transmitía de uno a otro cada 9 o 10 días. Niños entre los que se encontraban su hijo Benito Vélez, de nueve años, Andrés Naya (8 años), Antonio Veredia (7 años), Cándido (7 años), Clemente (6 años), Domingo Naya (6 años), Francisco Antonio (9 años), Francisco Florencio (5 años), Gerónimo María (7 años), Jacinto (6 años), José (3 años), Juan Antonio (5 años), Juan Francisco (9 años), José Jorge Nicolás de los Dolores (3 años), José Manuel María (6 años), Manuel María (3 años), Martín (3 años), Pascual Aniceto (3 años), Tomás Melitón (3 años), Vicente Ferrer (7 años), Vicente María Sale y Bellido (3 años) y un niño más que falleció durante el viaje.
     Las normas de la expedición indicaban claramente el cuidado que los niños debían recibir. Ninguno de ellos regresó a Galicia. "...serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición".

     Normas que regulaban cuestiones de la Real Expedición

     Cada niño recibía un hatillo que contenía: dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón más de paño para los días más fríos. Para el aseo personal: tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine; y para comer: un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.
     La expedición llega a Santa Cruz de Tenerife, donde pasan un mes vacunando. La expedición sale de Canarias el 6 de enero de 1804 y llega a Puerto Rico el 9 de febrero de 1804. El 7 de febrero de 1805 la expedición parte rumbo a Filipinas con un grupo de 26 niños, entre los que se encuentra el hijo de Isabel, y llegan a Manila el 15 de abril de 1805. El 14 de agosto de 1809 la expedición regresa a Acapulco. Isabel permanece en Puebla con su hijo; ya no volverían a España.
“La mísera Rectora que con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y dia ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre sobre los 26 angelitos que tiene a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde A Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades”.
Balmis, Macao (1806)

     La Asociación Isabel Zendal nació en A Coruña en octubre de 2016 para investigar, difundir y promover, en los ámbitos local, nacional e internacional, el protagonismo de Galicia en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

      Reconocimientos

     Monumento en O Parrote, en el puerto de La Coruña, en homenaje a los niños huérfanos que partieron en la expedición, obra de Acisclo Manzano.En 1950 la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce a Isabel Cendal Gómez como la primera enfermera de la historia en misión internacional.
     Desde 1974 el gobierno de México concede el Premio Nacional de Enfermería Cendala Gómez en su honor.
     La Escuela de Enfermería de San Martín de Texmelucan en Puebla lleva su nombre.
     El ayuntamiento de La Coruña dio su nombre, Isabel López Gandalia, a una calle de la ciudad.
     Con motivo de los 200 años de la expedición, la Casa del Hombre, en La Coruña, le dedicó un monumento con el nombre de los 22 niños de la expedición.
     Una escultura de Acisclo Manzano, inaugurada en La Coruña el 30 de noviembre de 2003, recuerda la salida desde el puerto de la expedición.
     Isabel Cendal Gómez fue nombrada hija predilecta del ayuntamiento de Ordes por unanimidad de la corporación local, en sesión celebrada el 30 de noviembre de 2016.6
     La novelista dominicano-estadounidense Julia Álvarez escribió un relato de ficción sobre la expedición Balmis desde la perspectiva de, Isabel Cendal Gómez, en Saving the World (2006), ISBN 978-1-56512-510-0.
     En 2016 la Fundación para el Desarrollo de la Enfermería Fuden entregó el premio especial de Enfermería en Desarrollo por ser la primera enfermera de la historia en misión internacional reconocida por la OMS.
     En 2016 el Sindicato de Enfermería reconoció la figura de Isabel Zendal como la primera enfermera en la historia en misión humanitaria con el documental "Isabel Zendal, la enfermera que cambió el rumbo".
     En 2017 el Sindicato de Enfermería en Galicia renombró los premios que entrega en su Encuentro Científico Gallego de Enfermería y Fisioterapia bajo el nombre de Premios Isabel Zendal.
 ↑   "La calle Isabel López Gandalia recoge una de las 30 versiones que hay de los apellidos de esta mujer".

EL ÁLBUM DE LA LENGUA

Dar una de cal y otra de arena

     Frase de extensa trayectoria en el lenguaje popular que aún mantiene una vigencia llamativa. Se apela a ella para indicar que una situación incluye aspectos positivos y negativos de forma alternada, tal cual como se mezclaron la cal y la arena tradicionalmente para hacer la argamasa destinada a la construcción. Se considera que la cal (peligrosa en el contacto directo para las personas) representa lo malo y la arena lo bueno.

LA BUTACA

 ÍliasHermosa historia

     Charif tiene 13 años, es sordo y tiene implante coclear. Gracias a este aparatejo puede escuchar ciertos sonidos, pero es tan poco que no es suficiente. Por ello tiene que utilizar la lengua de signos para comunicarse con los demás. Es alegre y buen estudiante. Para que le ayuden a hacer los deberes acude todos los días a un centro de refuerzo escolar. En el centro tenía el mismo problema que en el colegio: no podía comunicarse con sus compañeros. Un día, su profesora de signos, tuvo una idea genial: que todos los alumnos aprendieran la lengua de signos. Y dicho y hecho. Ella misma impartía las clases. Empezaron por aprender el abecedario dactilológico, siguieron con aprender los nombres de todos, luego los días de la semana, las horas del reloj, los títulos de los libros, los nombres de los colores, de los animales, de las ciudades… y a estas alturas del curso todos hablan con ïlias.

    Desde Madrid informó para 30 días Beatriz.

CARTA A...

Muy señora mía: A instancias de un colectivo de feministas, ha decidido que se instalen carteles en los autobuses urbanos de Madrid para que recuerden a los hombres que deben ceder el asiento a las mujeres y, sobre todo, que no se despatarren en ellos. ¡Qué vergüenza! No por lo que ha hecho usted; yo, en su lugar, habría hecho lo mismo. Lo que no hubiera hecho, y por esto le escribo hoy, es utilizar los términos hombres y mujeres; los hubiera sustituido por el de personas, que me parece más acertado. Pero habrá que disculparla. Como alcaldesa del primer ayuntamiento de España que es, seguro que no se desplaza en autobús, y desde el coche oficial no puede ver que las mujeres, generalmente jóvenes, también se despatarran en los asientos, y entregadas a recibir y enviar mensajes a sus contactos, ni se enteran de que sube un señor mayor y puede tropezar con sus pies, otros menos mayores, pero cansados de trabajar en un andamio y otros, sean de la edad que sean, con problemas de movilidad, que el hecho de ser hombres, no los libra de dificultades. Parece que esto lo piden para fomentar la igualdad entre ambos sexos, pero también podría interpretarse como la lucha por obtener privilegios, favores y protección, que es como reconocer que, en efecto, somos inferiores. Hasta puedo afirmar que en esto son los hombres más corteses que las mujeres. El primer autobús urbano que cogí para ir a mi trabajo fue en la ciudad de Cáceres y me costó dos pesetas. Le digo el precio para que se haga idea de los años que hace porque son tantos que ya he perdido la cuenta. Lo que no he perdido es la necesidad de tener que cogerlo todos los días. Puedo asegurarle, sin miedo a equivocarme que, cuando un hombre le niega el asiento a una mujer embarazada, con un niño en brazos o cargada con la bolsa de la compra, no es porque sea mujer, es, sencillamente, porque es un mal educado, y también, si llega el caso, se lo niega a un hombre. ¿Que no está de acuerdo conmigo? Ya lo sé, no está de moda decir esto, incluso está mal visto, mejor dicho, mal oído, pero las mujeres también tenemos que asumir nuestros errores, porque el no reconocerlos, implica que los sigamos cometiendo, y de una forma o de otra nos seguirán pasando facturas que no podremos saldar con estas menudencias. De todos modos, tampoco lo pretendo. El autobús que yo cojo ahora cada mañana y cada tarde en esta ciudad cuesta casi un euro y medio, lo que indica que ha pasado el suficiente tiempo como para que yo diga lo que veo que pasa, y no lo que las demás mujeres quieren que diga. Pero volviendo a los carteles que decorarán en adelante los autobuses madrileños, me parece vergonzoso que una alcaldesa tenga que tomar esta decisión, porque estos gestos de convivencia, de civismo, de responsabilidad, no deberían depender de la educación, que también, y mucho menos de una normativa municipal, deberían ejercerse sin tener en cuenta el sexo de los individuos y porque ejercerlos es de sentido común. ¿O es que no estamos hablando de personas adultas?

COSAS DE GARIPIL

¡Hola, chicos! Por fin llegaron las vacaciones escolares. Unos habéis aprobado el curso; otros, no. Las notas son el resultado de vuestro esfuerzo. Pero sea como sea todos tenéis por delante dos meses y medio sin clases, sin exámenes, sin deberes. Me gustaría que, tanto unos como otros, aprovechárais estas semanas para leer ese libro que lleva tiempo esperando ser abierto, seguro que os va a encantar. Y para daros ejemplo, aquí estoy, leyendo.
 
     El rosario de los cuentos

     Tercer Misterio: La piedra de la media vuelta

     En un pequeño pueblo que se escondía tras esa cadena de montañas vivía un hombre que tenía una de las peores condiciones humanas: le encantaba armar broncas, peleas, riñas en general. Desde muy niño lo arreglaba todo, mejor dicho, lo desarreglaba a voces, a puñetazos, a patadas, imponiendo siempre la razón de la fuerza a la fuerza de la razón. Y para colmo de desgracias su mala madera se veía favorecida por sus buenos troncos y ventajas físicas: tenía voz de trueno, puños de hierro, pies de plomo, peso de roble, estatura babélica y fuerzas sansónicas.
     Sus padres intentaron quitarle la mala maña cortándole el pelo. “Siendo más débil que los demás, se amilanará en cuanto lo amenacen”, pensaron creyendo que padecía el terrible mal de Sansón, pero ni calvo como una peonza perdió las fuerzas y las ganas de pelear. La maestra y el cura, dándole buenos consejos, pero ni por esas, cuanto más engordaba y crecía, más y más peleón se volvía.
     Los habitantes del lugar no querían cuentas con él, pero los humillaba tanto, tanto les hería el amor propio que se les encendía la sangre, se les nublaba la mente, le plantaban cara y ¡zas!, pelea en la plaza. Y aunque suene a exageración, en todas ocurría lo mismo: él daba golpes a tutiplén; los demás, a recibirlos y a callar.
     El juez intervino en varias ocasiones, pero al final se convencía de que sólo tenía dos remedios: o matarlo o dejarlo. Y como matar estaba prohibido, lo dejó.
     Al cabo de algunos años no quedaba en el pueblo ni un solo vecino que no tuviera en el cuerpo las huellas de sus puños. Hasta su mujer y sus hijos llevaban en la cara la marca de sus diez dedos. Y todo porque cuando volvía triunfante de las peleas, se hacían una piña para echarle la bronca en casa.
     A veces, después de pagar sus reproches con bofetadas, con insultos, con tortazos, se arrepentía y les prometía firmemente cambiar, pero en cuanto ponía los pies en la calle echaba al aire las promesas y volvía a las andadas.
     Tanta vergüenza llegó a sentir la familia de aquel padre y marido que ninguno salía de casa con la luz del sol. Un día, el mayor de los hijos, le dijo a la madre: "¡Vámonos de aquí!" Y todos se escaparon con lo puesto pues era mejor empezar de la nada, en un lugar desconocido, que seguir allí, aguantando, sufriendo e inclinando los ojos ante los ojos de los vecinos.
     Cuando el peleón se supo solo en casa no se asustó. Al contrario, se alegró. Ya nadie volvería a decirle en las narices que era la oveja negra de la familia, el coco del pueblo, el bicho perro y malo que envenenaba todas las fiestas. Y libre del único freno que tenía, antes de salir de una se metía en otra.
     Pasó el tiempo, y tantas y tantas lió, que todos acabaron por seguir los pasos de su familia. Unos huyeron por miedo a morir entre sus puños; otros, para no perder la libertad en un ajuste de cuentas.
     Pero como siempre hay alguien que no traga, el más cabezón de todos se negó a partir. "Para irme yo, que se vaya él", dijo hinchado de razón, y para curarse en salud se cogió un garrote que no soltaba ni de día ni de noche.
     El primer día de soledad, daba gloria andar por el pueblo, ni en la taberna, ni en los huertos ni en las calles se oía una voz más alta que otra; el segundo, poco más o menos, sólo se oían los silbidos del peleón por un extremo y los del cabezón por otro, y al coincidir en el centro parecían unirse para entonar juntos un interminable canto de paz. Pero al anochecer del tercero ¡pum!, saltó una chispa y la hoguera volvió a arder.
     Era verano y el cabezón se sentó a tomar el fresco a la puerta de su casa.
     —¡Qué sorpresa! -dijo el peleón que llegó buscando compañía- Veo que en lugar de dos, tienes tres piernas. ¿Tanto piensas andar?
     —¡Pues ves mal! -replicó el cabezón alzando el garrote- Esto no es una pierna, es un palo. ¿Lo ves?
     Y ¡pom!, ¡pom!, ¡pom!, golpeó en el suelo con él.
     —El que ve mal eres tú -añadió el peleón- Pierna es lo que sirve para
andar, y si andas con un palo, el palo no es un palo, es una pierna.
     Y que si el uno, para picar, pierna, y que si el otro, para convencer, palo, al final 
llegaron a las manos, y de las manos pasaron al pecho, y del pecho al cuello, y del cuello...
     Al día siguiente, por una simpleza del mismo jaez, se volvieron a enzarzar. Y
lo mismo ocurrió al otro día, y al otro, y al otro... Y como no había nadie para separarlos, el pobre cabezón acababa baldado.
     Un día, tan acosado, tan sitiado e impotente se vio, que con la moral en los pies y la cabeza llena de vendas se fue a pedir remedio a una bruja que vivía aislada en una cueva.
     —No quiero irme del pueblo -le dijo-. En él tengo mi casa, mi huerto, mis vacas... mi vida. Pero el único vecino que tengo, no me deja vivir en paz. ¿Qué puedo hacer para que no se meta conmigo?
     —Algo tan simple como llevar siempre esta piedra en el bolsillo -le respondió la bruja sacándola de la faltriquera-. En cuanto oigas sus pasos, en cuanto veas su sombra, en cuanto huelas su cuerpo, la coges con la mano izquierda, cierras bien el puño, das media vuelta ¡y adiós!, sin hacerle el menor caso echas a correr, a correr y a correr hasta ocultarte de su vista. Pero ojo, mucho ojo, si la aceptas, no dejes de hacerlo, te sacaría el corazón en la primera pelea.
     El cabezón se guardó la piedra y no la dejaba ni a sol ni a sombra. En cuanto percibía la llegada del peleón, soltaba lo que tenía en las manos, la cogía con la izquierda, apretaba el puño, daba media vuelta ¡y adiós!, emprendía carrera hasta acabar escondiéndose entre las ramas de una encina, en el fondo de un baúl, en el vientre de una tinaja, debajo de la cama... con tal acierto que nunca volvieron a verse cara a cara.
     Un día, tan indignado estaba el peleón que se fue a pedir ayuda a la bruja de la cueva.
     —El único vecino que tengo me ha negado el saludo sin motivo y sin razón - dijo con cara de santo-. Quiero deshacer el entuerto con él, pero el muy bellaco huye de mí como de los nublados. ¿Qué puedo hacer para que deje de darme la espalda?
     —Quitarle con la mano derecha una piedra que lleva siempre en el bolsillo - le respondió ella enseñando la campanilla de risa-. Pero ojo, mucho ojo, en cuanto la tengas en tu mano cierra automáticamente el puño, da media vuelta y huye con ella donde nadie vuelva a verte. Si algún humano te pone los ojos encima, la piedra se irá volando con él, se te acabarán todas las fuerzas, y no lo dudes, morirás de miedo delante de sus barbas.
     El peleón no se paró a sopesar los pos y los contras. Sólo quería conseguir aquella piedra que tenía la culpa de su indignación. Y con esta idea acechó al cabezón de día y de noche.
     Pasaron los días, las semanas... y una tarde, cuando el hombre dormía la siesta plácidamente a la sombra de un nogal, se acercó descalzo, sin respirar... le metió la mano derecha en el bolsillo izquierdo y ¡zas!, se la quitó. "¡Canalla!", bramó el cabezón al despertar bruscamente, pero nada pudo hacer para rescatar la piedra. El peleón había dado media vuelta y huía con ella a la cima de la montaña más alta y oculta de donde no volvió a bajar ni vivo ni muerto.
     Entonces, el cabezón, se subió a la torre de la iglesia, y repicó y repicó y repicó las campanas y todos los ausentes volvieron al pueblo para vivir juntos y en paz hasta el final de sus días.

          María Jesús Sánchez Oliva
    
      Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
    Garipil-1995.
    Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
    Letanías-1999.
    Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
    El rosario de los cuentos-2003.
    Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
    Cartas de la Radio-2007.
    Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas en un programa de radio por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc, y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
    Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas)-2014.
    Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás –y los papás- disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.

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