viernes, 1 de julio de 2016

COSAS DE GARIPIL

¡Hola! Por fin llegaron las vacaciones escolares, pero el dejar de estudiar, no conlleva el dejar de leer. Al contrario. Es la mejor época para empezar y terminar un libro. ¿Ya te has decidido por algún título? Pues en lo que llega a tus manos, pasa y siéntate, te invito a leer este cuento del libro “El rosario de los cuentos”.

         El incómodo huésped de los Marcelos

    Lo que para todos era una desgracia, para Blas era una suerte: caer enfermo. Blas enrojecía de envidia cada vez que alguien se ponía amarillo de las uñas de los pies a las orejas, escupía cuajarones de sangre o se moría de frío entre las llamas de la fiebre. Y todo porque sólo una enfermedad justificaba unos días en la ciudad.
    Tan obsesionado estaba por esta idea que estuvo tentado de levantarse una noche, orinar en su impecable bacinilla de porcelana, deshacer en el orín un puño de pimienta roja, y salir doblado de puro dolor de riñones, pero estalló la Guerra del 36 y todo quedó pendiente: la venta del trigo, la boda del hijo del alcalde, las fiestas del Cristo del Amparo... y la bendita enfermedad de Blas.
    Volvió la paz -por eso de darle un nombre a tan desastrosa época, de no dejarla mora, sin bautizar- y todos volvieron a sus luchas. También Blas volvió a las suyas.
Tenía que ir a la ciudad, tenía que conocerla. Y por si a la guerra le daba por volver, tenía que ser ya, que por las velas que alumbraban, cualquier cosa cabía esperar. Pero lo de orinar sangre ya no le parecía tan maravilloso. Todos los enfermos que visitó, le contaron lo mismo: que los metieron en el hospital, que los atiborraron de medicinas y que los sacaron para llevarlos derechitos al pueblo con la orden de absoluto reposo. Y él no quería ni cama ni píldoras, quería ver casas en el aire, comercios entre cristales, caballos con ruedas y noches con sol, sobre todo eso, noches con sol.
    Entre todas las ideas que rondaron su cabeza, optó por la primera, que siempre es la mejor, la que vale. Y ni corto ni perezoso se metió unas horas en remojo, se trajeó de pies a cabeza, metió las gallinas en un saco, sacó las pesetillas de la jarra y se subió al borrico. Iría a ver a Marcela, su sobrina-nieta. Y aunque sólo fuera por las gallinas, le daría cama y comida por unos días.
    Marcela llevaba más de treinta años sin ver a su tío-abuelo. Marcelo, su marido, sólo lo conocía de oídas y por un par de retratos que alguna vez vio bailando de mano en mano en la mesa camilla. "Éste es el tío Blas -señalaba Marcela-, el hermano mayor del abuelo, el único que se quedó soltero". Y los chicos se rascaban la cabeza repitiendo: "No me extraña, no me extraña". Cuando aquella mañana lo vio aparecer con el saco a cuestas en la portería que cuidaba mientras Marcelo repartía los periódicos a los vecinos casi se cae del susto.
    —¡Oh, tío Blas! ¿Es usted, verdad? -lo reconoció por la pinta- ¡Qué sorpresa! ¿Anda de médicos?
    —No... no... ando... -iba a decir de gira, de excursión, pero se arrepintió, la gente de la ciudad no entendía que alguien saliera del pueblo para otra cosa que no fuera para ir al médico- de liquidación. ¡Eso es!, de liquidación, quitando las gallinas. Ya no soy un chaval, y me daba tanta pena malvender éstas... -abrió el saco y las gallinas se pelearon por sacar la cabeza- que me dije: "Para que se aproveche el diablo, que se aprovechen los ángeles de Marcela". Y aquí me tienes, a traértelas.
    A Marcela se le iluminaron los ojos. Hacía tiempo que sus ollas no cocían carne, y para colmo tenía que soportar, con demasiada frecuencia, la imagen de los suyos abriendo de par en par las narices para llenarse el cuerpo del olor a gallo agradecido, liebre pedigüeña o pavo encubridor que procedente de los fogones de los vecinos se colaba por el patio.
     —¡Cómo se lo agradezco, tío, cómo se lo agradezco! Nos ha dejado la guerra tan pelados que me da donde me duele. Pero antes de irse, me las mata, ¿verdad?, que comerlas ¡vale!, pero matarlas...
    —¿Matarlas? ¡Ni se te ocurra! Estas gallinas no son para resolverte una comida, son para asegurarte muchas. Si haces memoria recordarás que mis gallinas eran siempre la envidia del pueblo. -Marcela recordó su infancia en el pueblo. Las gallinas del tío Blas, fueran nuevas o viejas, chicas o grandes, gordas o flacas, blancas, negras o rojas, eran siempre las que ponían varias veces al día, las que ponían los huevos más gordos, más brillantes y limpios. De acuerdo que su madre decía que cuando las gallinas del tío Blas ponían, las de los vecinos dejaban de poner, que el tío Blas se pasaba las noches cambiando huevos de nidal... pero fuera como fuera, lo cierto era que el tío Blas era el que más huevos tenía, y ¡qué huevos!- Y éstas, o ponen tres veces al día, o ponen un huevo de tres yemas.
    Marcela se echó sus cuentas: tener gallinas sueltas en el patio sería un engorro y una molestia para los vecinos que a buen seguro no tolerarían, pero andaba tan escasa de huevos que si el tío Blas aceptara quedarse un par de días para hacerle un gallinero donde tenerlas recogidas podía darse con un canto en los dientes. Y se dio, claro que se dio, porque el tío Blas, nada más ver abierta la flor de sus pensamientos, aceptó y se comprometió a regarla con alma y vida.
    Cuando Marcelo vio al huésped sentado en su sillón frunció el ceño, pero cuando Marcela le explicó la razón del viaje, lo desfrunció. Con tal de tener huevos... Cuando los chicos sorprendieron a la madre colocando en su cuarto un jergón para el huésped arrugaron el hocico, pero cuando Marcela les explicó la razón del viaje, lo desarrugaron. Con tal de ver huevos en casa... El huésped, ni oía ni veía, vivía.
    Por las mañanas se levantaba el primero. "Voy a la ferretería de la esquina, a comprar más puntas", decía en cuanto se desayunaba, y Marcela le daba una perra gorda y las chicas que encontraba sueltas. Si ponía el tiempo y el trabajo, no iba a poner el material también. Pero la esquina lo metía en una calle, la calle en una plaza, la plaza en otra calle... y le volaban las horas contemplando los edificios de varios pisos. Aquello no eran casas, eran nidos, nidos en el aire donde las personas vivían como las golondrinas, cantando y revoloteando de ventana en ventana. Y qué felices debían ser teniendo a yema de dedo el sol, la luna, las estrellas... Y sólo cuando el estómago empezaba a hacerle cosquillas desandaba lo andado para llegar a casa con el tiempo justo de sentarse con todos a la mesa.
    Comía, y nada más comer, metía los pies en una palangana de agua salada que Marcela, asustada, le ponía delante. Tenían que dolerle, 
 se le salían de los zapatos. Y en cuanto los sacaba del agua, volvía a ponerlos en la calle. "Voy a la carpintería -decía-, a ponerle mango al martillo". Y Marcela le apuntaba las señas en la cajetilla de tabaco, que la capital no era el pueblo, que podía perderse, y no quería cargos de conciencia. Pero a los cuatro pasos se olvidaba de la carpintería, del martillo... y le volaban las horas entrando y saliendo de las tiendas, de los bares... y contando los escudos de la plaza, las torres de las iglesias, los ojos del puente... hasta que siguiendo una cola de gente se subía en el tranvía y corriendo sin mover los pies, ¡qué maravilla, qué fantástico!, conseguía llegar a casa con el tiempo justo de sentarse con todos a la mesa.
    Cenaba y se acostaba, pero en cuanto oía los primeros ronquidos, se levantaba a hurtadillas y a la calle. Era cierto lo que se decía, lo que se imaginaba: las noches no existían en la ciudad, en la ciudad siempre había luz, siempre era de día. Porque al atardecer ocurría algo mágico, algo extraordinario: el sol no se ponía, se dividía en pequeños soles, en muchos y pequeños soles, en solecitos que se metían en peras de cristal para seguir alumbrando sin dar calor. Y él veía de colores el agua de las fuentes, vestirse de amarillo los árboles que de día vestían de verde... y gente, mucha gente en algunos sitios. Aquello era vida, aquello y no el pueblo, tan igual siempre, tan callado, tan viejo.
    Pasaban los días, las semanas, y ni el gallinero superaba las cuatro tablas sin clavar, ni las gallinas se ponían coloradas. "¿Hay huevos?" preguntaba Marcelo mañana y tarde. "No hay huevos -respondía Marcela decepcionada, harta de rebuscar nidales-, no hay huevos". "¿Han puesto las gallinas?" preguntaban los chicos que veían a todas horas tortillas españolas, francesas, y aunque fueran venenosas, rusas. "Síii... -suspiraba Marcela que le dolía privarlos de las sopas de ajo que conseguía con el pan duro de los vecinos por dárselo a ellas después de varias horas en remojo para ablandarlo- las patas en el suelo". Y al cabo de un mes Marcelo decidió que a falta de huevos lo mejor era carne, y Marcela no tuvo más remedio que mandar al tío Blas al pueblo.
    —¿Y cuándo quieres que vuelva a terminar el gallinero? -preguntó triste desde el umbral, despidiéndose con la mirada del retrete, del fogón, de los grifos de la fregadera...
    —Cuando las gallinas pongan tres huevos al día o uno de tres yemas
 -respondió Marcelo desde el patio, con el cuchillo en la mano.
    Y el hombre desató el ronzal del borrico de la aldaba del zaguán y salió de la ciudad lamentando muy de veras que para volver fuera requisito imprescindible caer enfermo.
        
        Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
    Garipil-1995.
    Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
    Letanías-1999.
    Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
    El rosario de los cuentos-2003.
    Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
    Cartas de la Radio-2007.
    Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas en un programa de radio por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc, y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
    Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas)-2014.
    Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás –y los papás- disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.

    Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, , solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico:

garipil94@oliva04.e.telefonica.net 

    Estaré encantado de responderte.

    Gracias por tu visita y hasta el próximo número.

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