martes, 28 de febrero de 2017

MESA CAMILLA

El 8 de marzo celebraremos el día de la mujer trabajadora, que dicen todos, o asalariada, que digo yo, porque las mujeres, que yo sepa, han trabajado siempre y, generalmente, más que los hombres. Como todos los años, sindicatos, partidos políticos y asociaciones de mujeres saldrán a la calle para pedir que sus sueldos se igualen a los de los hombres, que tengan las mismas posibilidades de acceder a los cargos de responsabilidad, que no sean discriminadas por la maternidad, que ni está mal, ni está de más, pero raro es el día que no nos despertamos con la noticia de que una mujer ha muerto a manos de su marido y bueno sería que, además de exigir derechos laborales, todos en general y las mujeres en particular, dedicáramos la jornada a buscar fórmulas para acabar con esta tragedia, porque esto no es un problema individual, es un drama social.
    No es fácil encontrarlas, ya lo sé, pero debemos evitar al menos que a fuerza de repetirse se acabe viendo como algo normal. Es cierto que España cuenta con leyes muy duras en esta materia, que se dispone de teléfonos que no dejan huella en la factura,  con mensajes que invitan a la denuncia  como mágica solución, pero las cifras indican que estas medidas, en lugar de restar muertes, las multiplican, es como si los asesinos se contagiaran unos a otros y todos lucharan para conseguir de la forma más llamativa posible el trofeo de una víctima. Ante estos resultados que los gobernantes no se atreven a reconocer como uno de sus mayores fracasos, no podemos conformarnos con asistir a las manifestaciones de repulsa, sumarnos a los minutos de silencio y respetar los días de luto oficial, podemos, además, empezar a ignorar, a aislar, a despreciar educadamente a los hombres que hablan mal de las mujeres, sean suyas –entendiéndose por suyas esposas o parejas, que las personas no son de nadie- o no lo sean,    que hacen de ellas chistes y bromas groseras, que las ensalzan o las humillan solo por su físico… y otras malas mañas que todavía persisten en nuestra sociedad, y valorar, sin ningún pudor, a los que hablan bien de ellas, a los que nunca las ponen en ridículo, a los que jamás le alzan la voz, a los que las tienen en cuenta y agradecen sus esfuerzos… que haberlos hailos, afortunadamente. No sería la primera vez que los ciudadanos con su actitud consiguiéramos lo que no consiguen los gobernantes con sus leyes.

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