domingo, 2 de julio de 2017

LA VITRINA

POESÍA

    José María Gabriel y Galán. Poeta español. Nació en Frades de la Sierra (Salamanca) el 28 de junio de 1870, y murió en Guijo de Granadilla (Cáceres) el 6 de enero de 1905. Su consagración como poeta le llegó en 1901 cuando en los Juegos Florales celebrados en el Teatro Bretón de Salamanca fue galardonado con la flor natural por la composición que recordamos hoy, inspirada por la reciente muerte de su madre. Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca desde el año anterior, presidió el jurado. Solo vivió 34 años, pero nos dejó una importante obra.

 El ama

 Yo aprendí en el hogar en que se funda
 la dicha más perfecta,
 y para hacerla mía
 quise yo ser como mi padre era
 y busqué una mujer como mi madre
 entre las hijas de mi hidalga tierra.
 Y fui como mi padre, y fue mi esposa
 viviente imagen de la madre muerta.
 ¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
 otra mujer como la santa aquella!

 Compartían mis únicos amores
 la amante compañera,
 la patria idolatrada,
 la casa solariega,
 con la heredada historia,
 con la heredada hacienda.
 ¡Qué buena era la esposa
 y qué feraz la tierra!

 ¡Qué alegre era mi casa
 y qué sana mi hacienda,
 y con qué solidez estaba unida
 la tradición de la honradez a ellas!

 Una sencilla labradora, humilde,
 hija de oscura castellana aldea;
 una mujer trabajadora, honrada,
 cristiana, amable, cariñosa y seria,
 trocó mi casa en adorable idilio
 que no pudo soñar ningún poeta.

 ¡Oh, cómo se suaviza
 el penoso trajín de las faenas
 cuando hay amor en casa
 y con él mucho pan se amasa en ella
 para los pobres que a su sombra viven,
 para los pobres que por ella bregan!
 ¡Y cuánto lo agradecen, sin decirlo,
 y cuánto por la casa se interesan,
 y cómo ellos la cuidan,
 y cómo Dios la aumenta!
 Todo lo pudo la mujer cristiana,
 logrólo todo la mujer discreta.

 La vida en la alquería
 giraba en torno a ella
 pacífica y amable,
 monótona y serena...

 ¡Y cómo la alegría y el trabajo
 donde está la virtud se compenetran!

 Lavando en el regato cristalino
 cantaban las mozuelas,
 y cantaba en los valles el vaquero,
 y cantaban los mozos en las tierras,
 y el aguador camino de la fuente,
 y el cabrerillo en la pelada cuesta...
 ¡Y yo también cantaba,
 que ella y el campo hiciéronme poeta!

 Cantaba el equilibrio
 de aquel alma serena
 como los anchos cielos,
 como los campos de mi amada tierra;
 y cantaba también aquellos campos,
 los de las pardas, onduladas cuestas,
 los de los mares de enceradas mieses,
 los de las mudas perspectivas serias,
 los de las castas soledades hondas,
 los de las grises lontananzas muertas...

 El alma se empapaba
 en la solemne clásica grandeza
 que llenaba los ámbitos abiertos
 del cielo y de la tierra.

 ¡Qué plácido el ambiente,
 qué tranquilo el paisaje, qué serena
 la atmósfera azulada se extendía
 por sobre el haz de la llanura inmensa!

 La brisa de la tarde
 meneaba, amorosa, la alameda,
 los zarzales floridos del cercado,
 los guindos de la vega,
 las mieses de la hoja,
 la copa verde de la encina vieja...
 ¡Monorrítmica música del llano,
 qué grato tu sonar, qué dulce era!

 La gaita del pastor en la colina
 lloraba las tonadas de la tierra,
 cargadas de dulzuras,
 cargadas de monótonas tristezas,
 y dentro del sentido
 caían las cadencias
 como doradas gotas
 de dulce miel que del panal fluyeran.

 La vida era solemne;
 puro y sereno el pensamiento era;
 sosegado el sentir, como las brisas;
 mudo y fuerte el amor, mansas las penas
 austeros los placeres,
 raigadas las creencias,
 sabroso el pan, reparador el sueño,
 fácil el bien y pura la conciencia.

 ¡Qué deseos el alma
 tenía de ser buena,
 y cómo se llenaba de ternura
 cuando Dios le decía que lo era!

 Pero bien se conoce
 que ya no vive ella;
 el corazón, la vida de la casa
 que alegraba el trajín de las tareas,
 la mano bienhechora
 que con las sales de enseñanzas buenas
 amasó tanto pan para los pobres
 que regaban, sudando, nuestra hacienda.

 ¡La vida en la alquería
 se tiñó para siempre de tristeza!

 Ya no alegran los mozos la besana
 con las dulces tonadas de la tierra,
 que al paso perezoso de las yuntas
 ajustaban sus lánguidas cadencias.

 Mudos de casa salen,
 mudos pasan el día en sus faenas,
 tristes y mudos vuelven;
 y sin decirse una palabra cenan;
 que está el aire de casa
 cargado de tristeza
 y palabras y ruidos importunan
 la rumia sosegada de las penas.

 Y rezamos, reunidos, el Rosario,
 sin decirnos por quién..., pero es por ella.
 Que aunque ya no su voz a orar nos llama,
 su recuerdo querido nos congrega,
 y nos pone el Rosario entre los dedos
 y las santas plegarias en la lengua.

 ¡Qué días y qué noches!
 ¡Con cuánta lentitud las horas ruedan
 por encima del alma que está sola
 llorando en las tinieblas!

 Las sales de mis lágrimas amargan
 el pan que me alimenta;
 me cansa el movimiento,
 me pesan las faenas,
 la casa me entristece
 y he perdido el cariño de la hacienda.

 ¡Qué me importan los bienes
 si he perdido mi dulce compañera!

 ¡Qué compasión me tienen mis criados
 que ayer me vieron con el alma llena
 de alegrías sin fin que rebosaban
 y suyas también eran!

 Hasta el hosco pastor de mis ganados,
 que ha medido la hondura de mi pena,
 si llego a su majada
 baja los ojos y ni hablar quisiera;
 y dice al despedirme: «Ánimo, amo;
 haiga mucho valor y haiga pacencia...»

Y le tiembla la voz cuando lo dice,
 y se enjuga una lágrima sincera,
 que en la manga de la áspera zamarra
 temblando se le queda...

 ¡Me ahogan estas cosas,
 me matan de dolor estas escenas!

 ¡Que me anime, pretende, y él no sabe
 que de su choza en la techumbre negra
 le he visto yo escondida
 la dulce gaita aquella
 que cargaba el sentido de dulzuras
 y llenaba los aires de cadencias!...
 ¿Por qué ya no la toca?
 ¿Por qué los campos su tañer no alegra?

 Y el atrevido vaquerillo sano
 que amaba a una mozuela
 de aquellas que trajinan en la casa,
 ¿por qué no ha vuelto a verla?
 ¿Por qué no canta en los tranquilos valles?
 ¿Por qué no silba con la misma fuerza?
 ¿Por qué no quiere restallar la honda?
 ¿Por qué esta muda la habladora lengua,
 que al amo le contaba sus sentires
 cuando el amo le daba su licencia?

«¡El ama era una santa!...»,
me dicen todos, cuando me hablan de ella.

«¡Santa, santa!», me ha dicho
 el viejo señor cura de la aldea,
 aquel que le pedía
 las limosnas secretas
 que de tantos hogares ahuyentaban
 las hambres, y los fríos, y las penas.

 ¡Por eso los mendigos
 que llegan a mi puerta
 llorando se descubren
 y un padrenuestro por el ama rezan!

 El velo del dolor me ha oscurecido
 la luz de la belleza.
 Ya no saben hundirse mis pupilas
 en la visión serena
 de los espacios hondos,
 puros y azules, de extensión inmensa.

 Ya no sé traducir la poesía,
 ni del alma en la médula me entra
 la intensa melodía del silencio
 que en la llanura quieta
 parece que descansa,
 parece que se acuesta.

 Será puro el ambiente, como antes,
 y la atmósfera azul será serena,
 y la brisa amorosa
 moverá con sus alas la alameda,
 los zarzales floridos,
 los guindos de la vega,
 las mieses de la hoja,
 la copa verde de la encina vieja...

 Y mugirán los tristes becerrillos,
 lamentando el destete, en la pradera,
 y la de alegres recentales dulces,
 tropa gentil, escalará la cuesta
 balando plañideros
 al pie de las dulcísimas ovejas;
 y cantará en el monte la abubilla
 y en los aires la alondra mañanera
 seguirá derritiéndose en gorjeos,
 musical filigrana de su lengua...

 Y la vida solemne de los mundos
 seguirá su carrera
 monótona, inmutable,
 magnífica, serena...

 Mas ¿qué me importa todo,
 si el vivir de los mundos no me alegra,
 ni el ambiente me baña en bienestares,
 ni las brisas a música me suenan,
 ni el cantar de los pájaros del monte
 estimulan mi lengua,
 ni me mueve a ambición la perspectiva
 de la abundante próxima cosecha,
 ni el vigor de mis bueyes me envanece,
 ni el paso del caballo me recrea,
 ni me embriaga el olor de las majadas,
 ni con vértigos dulces me deleitan
 el perfume del heno que madura
 y el perfume del trigo que se encera?

 Resbala sobre mí sin agitarme
 la dulce poesía en que se impregnan
 la llanura sin fin, toda quietudes,
 y el magnífico cielo, todo estrellas.

 Y ya mover no pueden
 mi alma de poeta,
 ni las de mayo auroras nacarinas
 con húmedos vapores en las vegas,
 con cánticos de alondra y con efluvios
 de rocïadas frescas,
 ni éstos de otoño atardeceres dulces
 de manso resbalar, pura tristeza
 de la luz que se muere
 y el paisaje borroso que se queja...,
 ni las noches románticas de julio,
 magníficas, espléndidas,
 cargadas de silencios rumorosos
 y de sanos perfumes de las eras;
 noches para el amor, para la rumia
 de las grandes ideas,
 que a la cumbre al llegar de las alturas
 se hermanan y se besan...

 ¡Cómo tendré yo el alma,
 que resbala sobre ella
 la dulce poesía de mis campos
 como el agua resbala por la piedra!

 Vuestra paz era imagen de mi vida,
 ¡oh, campos de mi tierra!
 Pero la vida se me puso triste
 y su imagen de ahora ya no es ésa:
 en mi casa, es el frío de mi alcoba,
 es el llanto vertido en sus tinieblas;
 en el campo, es el árido camino
 del barbecho sin fin que amarillea.

 Pero yo ya sé hablar como mi madre,
 y digo como ella
 cuando la vida se le puso triste:
«¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!»

        LIBROS

    Título: “A flor de piel”.
    Autor: Moro, Javier.
    Reseña: En una época de superstición y de inestabilidad política, un hombre persigue una obsesión: erradicar una terrible enfermedad que amenaza a la población mundial. Enfrentándose al poder religioso, que no ve con buenos ojos el avance de la nueva ciencia, el 30 de noviembre de 1803 Francisco Xavier Balmis emprende una campaña sanitaria sin precedentes que lo llevará hasta el Nuevo Mundo y el Lejano Oriente. Con él viajan su ayudante, el joven Salvany, con quien comparte una intensa vocación por la medicina, e Isabel Zendal, hija de una familia humilde de campesinos gallegos encargada del cuidado de los veintidós huérfanos que deberán mantener la vacuna activa durante la travesía. A flor de piel cuenta la mayor proeza humanitaria de la Historia, una ambiciosa expedición que fue posible gracias al valor de los más frágiles, a la fortaleza de una mujer apasionante, y a dos hombres que disputaron su amor en una aventura que cambió el rumbo de la Historia.
    Título: El catavenenos.
    Autor: Elbling, Peter.
    Reseña: Ugo di Fonte, un pobre campesino viudo y con una hija adolescente, se ve convertido por azares del destino en el   catavenenos de un duque cruel y caprichoso, Federico Basillinno di Vincelli. Gracias a su ingenio y buena suerte, el   protagonista consigue sobrevivir en el corrupto ambiente palaciego, rodeado de intrigas y traidores hasta que su hermosa hija   atraiga la atención del duque. En sus ratos libres redacta sus memorias, un divertido testimonio de la difícil vida cotidiana   de un hombre con el oficio más peligroso de su época.

No hay comentarios:

Publicar un comentario